Lo siento por todos aquellos que sin comerlo ni beberlo van a tener problemas a partir de abril, pero yo, hoy, estoy feliz. Indignado y feliz a la vez. Os cuento los motivos, esta es la noticia:

El sector de la exhibición de cine (para entendernos: los cines) han decidido ir en contra de la Ley de Cine que prepara el Ministerio de Cultura y no van a programar un 25% de películas españolas o europeas en sus salas. Sólo van a poner las que sean rentables.

Y yo, pues tan contento. Pero es que no os podéis hacer una idea, queridos lectores. Ahora, vamos a ver el por qué de mi alegría.

La Ministra de Cultura, esa que se le llena la boca al decir Industria Cultural, acaba de recibir una bofetada de la propia Industria. Y yo, tan contento. Primero, porque no puedo ver a la Ministra, y segundo porque a ver si nos vamos enterando: no podemos dejar que la industria se junte con la cultura. Porque la cultura no nace para ser rentable. No es ese su fin. Y en la industria, tanto de la música como la del cine, se busca la rentabilidad, el dinerito. El caso es absurdísimo: sólo se van a poner la películas rentables. ¿Y quién decide si son rentables o no si nadie las ve? Me veo venir que sólo programarían películas como “El Laberinto del Fauno” después de ver que ganasen un puñado de Oscars. Con lo que la rentabilidad del cine español la decidirían los americanos. Mientras aquí, se rentabilizaría cualquier bazofia cinematográfica estadounidense.

Desde que la cultura es un simple negocio más, la cosa ha ido degenerando hasta lo que hemos conocido hoy. Y no contentos con esta situación, vamos a por más con las bibliotecas de pago. Dentro de poco, convertirán los museos en salas de fiesta, porque no son rentables.